Oh, Pi Margal,
durante eternos veranos nos vimos crecer,
tardes y mañanas que no querían acabar,
por tus pasillos corría sin nada que perder
mientras la sal del Pacífico intentaba entrar.
Despertar con el sol atrapado en los rincones,
caminar, vivir, saludar a la gente del lugar,
recorrer a pie todos los callejones
que morían siempre en un atardecer frente al mar.
Oh, Pi Margal,
las gaviotas se lamentan al ritmo de las olas,
y los recuerdos se hunden bajo el polvo del ayer,
los muebles se marcharon en silencio, a solas,
y ya no habrá más días que volver a encender.
Dudo que algún día tus puertas vuelva a ver,
fuiste lo mejor que guardo en la vida,
y solo el tiempo me ayudará a entender
cómo cerrar la herida de tu despedida.
Oh, Pi Margal,
Hoy camino despacio por calles que no responden,
y busco tu sombra en fachadas de sal y cristal,
pero el eco de mi voz en ti se pierde y se esconde,
como si el tiempo aprendiera a no mirar atrás.
Y aun así te sueño en la espuma que rompe en la orilla,
en cada puerta cerrada que no supe volver a abrir.,
Pi Margal, hogar que en mi memoria aún brilla,
aunque el mundo haya decidido verte morir.
Marta Riveiro
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